Santa Teresa de los Andes

Incluso quienes me conocen como un católico de nacimiento, luego descarriado por un par de décadas y ahora reincidente, suelen extrañarse ante mi admiración por una santa que pareciera no haber hecho mucho más que nacer en una aristocrática familia chilena, llevar una vida sin grandes sobresaltos ni tentaciones, entrar al claustro carmelita a los diecinueve años y morirse unos meses más tarde. Tampoco creo que mi devoción por Teresa de los Andes la comprendan de veras quienes se limitan a verla como una figura estatuaria e impoluta, simple como una pila bautismal y ñoña como los angelitos menos teológicos. Para mí, como para la tradición católica, la santidad es algo más complejo y menos estático; como le señala el cardenal Carlo Campanati a Kenneth Toomey, protagonista de la novela Poderes terrenales de Anthony Burgess, la santidad no consiste simplemente en nunca hacerle daño a nadie; de acuerdo a esa definición, la mayoría de las mascotas y todos los vegetales y minerales serían santos. En lugar de eso, Carlo piensa que “la religión es lo más peligroso del mundo. No se trata de niñitas en sus vestidos de Primera Comunión ni estampitas ridículas ni las Hijas de María. Es un poderoso explosivo, dinamita, la desintegración del átomo”.

La verdadera fe, como intuía Burgess, es una explosión que descoloca y hace añicos toda presunción y prejuicio. ¿Y qué podría ser más inesperado y transgresor que una adolescente aristocrática, bellisima y de buen pasar, que decide sacrificar todas sus prerrogativas para hundirse en la sencillez y el anonimato de la clausura? Trasladadas las circunstancias de comienzos del siglo XX a las nuestras, Juanita Fernández del Solar sería hoy una peloláis cualquiera, de quien no se espera otra cosa que permanecer fiel a su clase, casarse con algún partido prometedor y criar hijos tan hermosos y privilegiados como ella. Hoy, Juanita aparecería con regularidad en las páginas sociales de El Mercurio, asistiendo a ínauguraciones artísticas o vacacionando en compañía de “las chiquillas con que nos juntamos”, como las denomina en una carta: “las Lyon Subercaseaux, las Valdés Alfonso, la Estela Valenzuela Larraín, las Hurtado Valdés, que llevan una vida más independiente, y la Rebeca Echezarreta Larraín”. ¿Dónde, excepto en las páginas sociales susodichas o en algunas carreras de las universidades cota mil, podríamos hallar semejante densidad de apellidos tan caricaturescamente cuicos?

Juanita, sin embargo, no se queda sólo allí, cabalgando en la hacienda paterna y andando “a toda velocidad” en automóvil (supongo que a unos 40 kilómetros por hora). La plácida existencia de su clase social le parece vacía e insatisfactoria, incluso cuando aún no sale del colegio y escribe en una composición: “Cómo es posible, me decía, que así pase la vida en medio de tantas frivolidades, en vez de cultivar la inteligencia, de fortalecer la voluntad, de educar al corazón. (…) ¿Cómo pueden anhelar vivir sin saber en qué consiste la verdadera vida?” Para conocer “la verdadera vida”, Juanita elige renunciar a todo y entregarse a una vocación que ella misma reconoce como insana: “Qué quieres”, se excusa ante su hermano Luis, “si Jesucristo, ese loco de amor, me ha vuelto loca”.

La palabra clave acá es “vocación”. Para quienes avanzamos a tientas por este mundo, casi siempre optando por el mal menor entre nuestras posibilidades de profesión, residencia o pareja, resulta nada menos que incomprensible pensar en una chiquilla de quince años dispuesta a ofrecer el resto de su vida a orar y adorar a un Dios tras los muros de un convento. Pecaría de orgullo e insinceridad si dijera que yo lo entiendo: la verdad es que no, no lo consigo. Pero, cuando leo el diario o las cartas de Juanita Fernández, reconozco la fuerza de su convicción, la acepto y me inclino ante ella.

Algo más fascinante descubro en los escritos de Juanita (o Teresa, como ella habría preferido que la llamáramos, tras su renuncia al mundo): una inteligencia sobrenatural. Como en los tratados de San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Ávila, la escritura es límpida, fluida y profunda; todo lo contrario de lo que esperaríamos de una muchacha con menos de veinte años y una muy reducida experiencia del mundo. Cuando necesita obtener el permiso de su padre para entrar al convento, le dirige una carta que podría servir de modelo para un curso de escritura argumentativa: elocuente y llena de inspiraciones geniales, considera de continuo los posibles contraargumentos de su padre y los desmenuza y deshace en el aire:

Comprendo que le va a costar. Para un padre no hay nada más querido sobre la tierra que sus hijos. Sin embargo, papacito, es Nuestro Señor quien me reclama. ¿Podrá negarme, cuando Él no supo negarle desde la cruz ni una gota de su divina sangre? Es la Virgen, su Perpetuo Socorro, quien le pide una hija para hacerla esposa de su adorado Hijo. Y ¿podrá rehusarme?

Quizás la más inspiradora y visionaria de las ideas de Teresa sea su concepto del amor: al mismo tiempo un anhelo absoluto que no se puede conformar con sucedáneos (“Anhelo amar, pero algo infinito, y que ese ser que yo ame no varíe y no sea yo el juguete de sus pasiones, de las circunstancias del tiempo y de la vida”) y una constante confirmación de esa perfección soñada en las imperfecciones de quienes la rodean. Porque busca lo perfecto, Teresa ama lo imperfecto, pues esto deriva y se halla en camino de aquello:

Miremos en las creaturas la manifestación de la voluntad de Dios, pues cada una es conforme a la idea eterna del Creador. Amémoslas, porque Jesús nos dio el precepto de la caridad y porque son las hostias donde mora el Esposo divino. No importa que la forma de la hostia, es decir, el tamaño, etc., tenga imperfecciones; miremos en ella a Jesús.

Hay una leyenda judía que habla de los “Tzadikim Nistarim”, esos pocos justos (el Talmud cuenta 36) que habitan en este planeta ignorando su perfección, pero gracias a los cuales la divinidad garantiza la supervivencia de todos nosotros, los 6000 millones y tantos pecadores. Quienes, como Teresa de los Andes, optan por abandonarlo todo en pos de lo trascendente, se me figuran como esos pocos justos que a los ojos incautos de los demás parecen no hacer casi nada, cuando, en realidad, están salvando el mundo.

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7 comments

  1. La conocí hace casi dieciocho años, cuando llegaron noticias sobre su canonización; recuerdo haberme sorprendido porque muchos de sus intereses eran los mismos que yo sentía, y con esa facilidad para hacer amistades, pronto me sentí como una más.
    He llegado hasta aquí desde muy lejos: Costa Rica, y comparto con Ud. sus palabras en torno a la fuerte convicción, equilibrio y coherencia de vida de Santa Teresa de los Andes. Coincido, sobretodo, cuando comprendo la salida fácil del comentario no meditado en torno al deseo de una joven quien decide dejarlo todo, por el Todo, la salida fácil es juzgarla con asignaciones adjetivas de cualquier tipo, pero al hacer una lectura acompasada de toda su producción es verdaderamente difícil no dejar de sentir, por lo menos, un poco de curiosidad por ese ardiente deseo. A mí me pasa que llega un momento en el que siento que estoy leyendo algo muy íntimo y que no debo meterme en la persona sino en el mensaje, tomando en cuenta que ella tampoco quería que leyeran sus diarios y libretas y que de su personalidad irradia un respeto sobrehumano.
    Ha pasado mucha agua por el río, hoy vuelvo a leer su trabajo y no deja de sorprenderme su extraordinaria madurez y abrumadora inteligencia; desde el contexto de nuestros tiempos, donde existen diversos tipos de discursos argumentados y sólidos, es relativamente sencillo entender el propósito de su escritura y catalogarla como una persona de una experticia impresionante, pero cuando recuerdo que es 1917 anticipo de la Belle epoque, escenario de la I Guerra Mundial y de la Revolución Rusa, que lo que hoy es una sencilla operación de apendicitis en ese momento era delicadamente peligroso, una época donde el papel de la mujer era mucho más sumiso, que son casi cien años, que el siglo XX fue el siglo de la sangre, pues en todos los países del mundo hubo un conflicto fratricida (incluido el mío) resulta ser una verdadera sopresa encontrarse una joven de esta naturaleza, e imaginarla humanamente es una tara inútil.
    Cierto es que existió en su época un ambiente de piedad donde la fe y la devoción eran requisitos elementales en la concreción del ser humano, pero también es cierto que el ser humano siempre ha sido humano y ahí radica su debilidad e imperfección frente a todo lo perfecto, lo que en palabras de la Santa es: su ideal.
    Gracias por esta entrada y es alentador saber que existen personas que, esforzándose día a día, no desisten en su camino a la santidad, fin último de nuestra fe.
    Para terminar, y tal y como lo escribió a Lucho, antes de entrar al monasterio: “en Dios te doy eterna cita”.
    Saludos cordiales, Marcelo.

    1. Gracias por ese interesante comentario, Isabel. Me gusta en especial tu perspectiva histórica y sus implicaciones políticas y de género. En Chile, como en tu país, las mujeres no tuvieron derecho a voto hasta el año 1949; treinta años antes, su educación (para las afortunadas que contaban con acceso a ella) no habrá pasado de capacitarlas para leer, escribir y las labores hogareñas. En ese contexto, resulta aún más admirable la claridad intelectual y escritural de una adolescente, por muy privilegiada que haya sido la clase en que nació.

      Estoy convencido de que existen seres en los que la gracia divina sopla casi pura; en ellos se encuentran esas “extraordinaria madurez y abrumadora inteligencia” de las que hablas y que las convierten en figuras prácticamente inexplicables. Otros ejemplos: Francisco de Asís, Juan de la Cruz, Teresa de Lisieux. Desde luego hay otros santos, más torturados, con más sombras o más controvertidos, pero son aquellos primeros, los llenos de gracia, los que a mí me recuerdan a los “Tzadikim Nistarim”. Que exista un santo así de puro y sobrehumano por siglo, y aunque existiera uno por milenio, basta, no digamos ya para que Dios no pierda su fe en nosotros, sino para que nosotros conservemos la esperanza en las capacidades de toda nuestra especie.

  2. Teresa de Los Andes, Teresa de Chile, si hubiese tenido impedimentos para entrar al Carmelo, y los tuvo, igual habría sido santa, al menos, ante los ojos de Dios.
    Ella se santificó en la humildad, en la caridad, en la superación de sus propios defectos, en la búsqueda de la voluntad del Señor.
    Me impresiona su santidad, pues sin hacer ninguna ostentación, representa como pocos los principios evangélicos en acción.
    Miguel, su hermano mayor, un bohemio de vida disipada, que solía llegar borracho a su hogar llegó a decir en el Proceso de Canonización: ” No me fui de casa, porque en ella había una santa,” que en lugar de llamarme la atención como los otros, decía que tenían que comprender, aceptar, esperar. Yo cambié por ella, porque a mí me dio en silencio calor familiar, sin predicarme me mostró a Dios a través de su propio testimonio de vida.
    Es que Teresa, Juanita en la vida real, en lugar de hacerse la indiferente como lo hacían los demás miembros de su familia cada vez que Miguel llegaba mal, como podía le demostraba que sí bien su conducta no era la correcta, merecía oportunidades, una y otra y además pequeños detalles como dejarle el postre escondido debajo de la cama.
    Teresa tuvo el arte de unir a los suyos, a sus padres que, si bien no eran separados, llevaba, al menos, él, una vida doble, pues en la hacienda que administraba en San Pablo de Loncomilla, vivía con una mujer que le dio dos hijos: Inés y Pedro.
    Juanita supo mostrarle a su madre, doña Lucía, que Dios no era el juez castigador como en verdad lo creía, sino un Dios misericordioso sediento de amor.
    A Lucho, su hermano adorado, quien se declaró ateo, le mostraba la imagen de Cristo a través de sus propios actos, vaticinándole que algún día Él iba a habitar en su alma.
    A Rebeca su hermana menor, le demostró que era posible enamorarse de Cristo sin recibir caricias físicas. Lo hizo de tal manera, que cuando murió Teresa en el Monasterio de Carmelitas Descalzas del Espíritu Santo de Los Andes (actualmente el Monasterio de Auco, donde están sus restos), sintió que debía ir a tomar su lugar. Rebeca, llegó a ser una santa carmelita, una reconocida y querida maestra de novicias, que dejó también su impronta en el monasterio.
    Teresa fue un ejemplo viviente de alegría, de lucha contra su propia vanidad al recorrer un largo camino para entender que las personas no valen por sus cunas y ancestros sino por lo que son en sí mismas.
    Se adelantó a los tiempos, pues en lugar de dar limosnas a los pobres para tranquilizar su conciencia, les daba las armas necesarias para que no fueran pobres, como por ejemplo: enseñarles a leer, a trabajar, a luchar por sus familias.
    Teresa, como toda carmelita, pero antes de entrar al Carmelo, rezaba por la santificación de los sacerdotes e incluso estuvo desde los 15 años en un grupo de oración conocido como Reparación Sacerdotal, en donde pedía por los consagrados que faltaban a sus votos.
    Tuvo firmeza, carácter. Aprendió que no había que confundir la bondad con la debilidad. Entendió y vivió en espíritu y en verdad que el centro de su vida era Cristo y que la manera más corta para llegar a la unión con Él, era imitando a su Madre, la Virgen María, en sencillez, esfuerzo, constancia, tanto fue así que se prepuso que su
    “espejo ha de ser María”.

    1. Me gusta, Ana María, que destaques algunos elementos en que la santidad de Teresa se hace más patente, aunque a muchos en su época y su entorno les hubieran extrañado, como mostrar a Dios “sin predicar … a través de su propio testimonio de vida” o “en lugar de dar limosnas a los pobres para tranquilizar su conciencia, les daba las armas necesarias para que no fueran pobres”. Porque Dios está fuera del tiempo, me parece una excelsa muestra de santidad —o sea, de privilegiada cercanía a lo divino— cuando una persona como Teresa exhibe ideas y practica hábitos cuya efectividad y sabiduría sólo pueden ser apreciadas a la distancia.

  3. hola, me gustó mucho este articulo, gracias! A mi me gustaría saber que fue de cada miembro de su familia, saben dónde puedo leer eso? Muchos saludos

    1. Ana: gracias a ti por tu lectura y tu pregunta, que yo también me planteé alguna vez. No he encontrado nada sobre sus padres y para dos de sus hermanos sólo sé las fechas de nacimiento y muerte: Lucía (1894-1968) e Ignacio (1910-1976). Sobre los demás hermanos Fernández Solar he hallado la siguiente información, por varios sitios web y el libro “Teresa de los Andes, Teresa de Chile” de Ana María Risopatrón:
      – Miguel fue bibliotecario de la Universidad de Chile y en 1942 ganó el Premio Municipal de Poesía con “Campesinas, íntimas y otros poemas”. Murió con 58 años, en 1953.
      – Luis se convirtió en abogado. Pasó por una crisis espiritual de décadas y agravada por las muertes de sus dos hermanas religiosas. Quería creer, pero no era capaz. Un año antes de su muerte, por fin superó sus dudas y se reencontró con la religión. Murió en 1984, a los 86 años.
      – Rebeca entró al mismo convento de los Andes, poco después de la muerte de Santa Teresa y hasta tomó el mismo nombre: Teresa del Divino Corazón. Aunque su familia dudaba de la autenticidad de su vocación, llegó a ser una religiosa muy destacada y maestra de novicias. Murió en 1942, con 40 años, de una infección tras operarse de una hernia.

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