“Nada, nada me agrada más…”

Nada, nada me agrada más
que ver a los niños jugando, descubriendo
sus instintos tersos y sus músculos flexibles, con esas risas
impredecibles como las rutas del viento. Ellos sí que saben
actuar como dioses, engendrar especies y mundos, dialogar
con los animales a empujones y balbuceos, venerar
los espíritus del barro y de las aguas. No acostumbro
pedirles nada a mis criaturas, pero hoy día les suplico
una sola cosa: dejen en paz a mis niños, no me los envejezcan
antes de tiempo, no enturbien sus inteligencias. Yo, el Señor, se lo pido
humildemente, por favor. Y es que, cada día
me encuentro con menos niños: a los tres años,
ya les han enseñado a vestir a la moda; a los cuatro,
ya les han explicado el valor del dinero; a los cinco,
los encierran en corrales para que no
se relacionen sino con los de su casta, para que
se embrutezcan como a ustedes los embrutecieron, para
que nunca más puedan reírse cuando algo los divierte, dormir
cuando los vence el sueño, cagar cuando sus intestinos
se lo exigen, pensar y decir lo que les da la gana. Hablo en serio: si ustedes
educan a un niño en el miedo a sí mismo o el desprecio a los otros,
prepárense para ser escaldados con el infierno de mi indiferencia.
Si le predican a un niño contra la desnudez y la alegría, los investiré
con armaduras de brasas y pesadumbre para siempre.
Si le transmiten a un niño sus prejuicios de letra roñosa y panfleto carcomido,
les daré a leer por todos los siglos, a escuchar por la eternidad
todos sus mamotretos, todos sus charlatanes religiosos y políticos.
Y ahí los quiero ver. No entristezcan, no corrompan, no levanten
sus manos contra mis niños. Déjenlos en paz, permítannos
a ellos y a Mí ser divinos: bañarnos en las fuentes de las plazas,
mearnos en el parqué y los pantalones,
llorar y matarnos de risa en sus iglesias y barbas:
así, malmirados pero felices, estamos bien. Ustedes tienen razón, después de todo:
ustedes son los grandes, los maduros, pero olvidan
que lo único que le falta al fruto maduro es podrirse.

Imágenes: ”El baile de las niñas bretonas” (1888), de Paul Gauguin.

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6 respuestas a “Nada, nada me agrada más…”

  1. Pandora dijo:

    ¡Que poema más lindo! Me gustó muchísimo. No sé si conoces “Bajo presión”, un libro escrito por Carl Honoré, pero se trata justamente de como nuestra cultura le ha arrebatado el juego a los niños. Le ha quitado la naturalidad y sencillez de antes, para convertirlo en un ensayo de la vida que se viene. Todo aquello que no es “útil” para la futura vida del niño ya no vale la pena. Eso, como es lógico, tiene sus consecuencias: al no tener espacios de distensión, aumentan los síntomas de estrés, depresión, etc. Lo cierto es que, para mí, este tema tiene un carácter más intuitivo. Sin embargo, nunca está de más conocer las cifras y los argumentos que defienden y respaldan esta tesis.

    También gracias a tu poema recordé una película preciosa llamada “Bridge to Terabithia”. La película muestra como los niños de hoy han adquirido un rol más “adulto”, en donde la imaginación y el juego son vistos como algo “infantil” (y lo infantil, por supuesto, tiene una connotación negativa), como son los mismos padres los que imponen a la fuerza ese rol en los niños y cuanto daño provoca esto en ellos. Si no la has visto, échale una mirada: es probable que te guste.

    Saludos a ti y tu familia.

    • Buscaré el libro de Honoré. Precisamente me gustaría informarme más al respecto, pues desde que soy papá no dejo de escuchar historias de horror sobre cómo padres y colegios abusan sicológicamente de los chicos. Me impresionó leer hace algunos días acerca de gente en Estados Unidos que pagaba miles de dólares para enviar a sus hijos a guarderías de elite, que los prepararan adecuadamente para las PRUEBAS DE ADMISIÓN A KINDER. La “lógica” era que, si esperas que tu hijo llegue a Harvard o Yale, debes empezar cuanto antes a otorgarle la “mejor educación”. Las comillas son por todas esas personas que han salido de los más prestigiosos colegios o universidades y son unos completos tarados: suelen abundar sobre todo en las esferas empresariales y políticas.

      No he visto “Bridge to Terabithia”, pero amé el libro. De acuerdo a lo que dices, la trasposición de una novela de los setentas a la actualidad produjo un tema de interés que no me parece recordar de mi lectura: en esos años, los niños no tenían más opciones para divertirse que recurrir a la imaginación y el juego. Hoy, por supuesto, la idea de crear un mundo propio en el bosque parece no sólo infantil, sino hasta excéntrica: no me extrañaría que un chico que inventa su propio reino de ficción terminara siendo medicado.

  2. Miguel Lahsen dijo:

    Iba a publicar el comentario en tu entrada “Ver a los adultos como niños”, pero creo que calza mejor en esta. En todo caso, se trata de algo muy, demasiado intuitivo: CASI como lo que escribiría un niño.

    En el poema, las palabras del Señor QUIZÁ podrían aplicarse no sólo a los niños niños, sino también a los niños adultos: esos que, pretensiosos de convertirnos en montañas que “asombren”, acabamos sin embargo por convencernos de que, no importa cuánto hayamos vivido, leído o escrito, nunca dejamos de ser niños. Nuestras experiencias y nuestros saberes no nos hacen padres de nada: al contrario, nos vuelven más hijos; porque, mientras mayor se torna el horizonte del conocimiento frente a nuestra vista, menos seguros nos sentimos de lo que pueda deparar esa apertura. Esto nos confirma como los niños siempre “plenos de posibilidades” de la publicación “Ver a los adultos como niños”. Nuestras vidas son fractales tan naturales como las nubes, cuyas formas dependen del viento, el que a su vez “sopla donde quiere” (Jn 3, 8). Sólo ante los estándares parciales de la razón humana nos convertimos en adultos; pero, por muy desgraciados que parezcamos, el Señor del poema, más allá de todo estándar, acaso diga de nosotros lo que, en aquella entrada, el autor del blog advierte en su mirar: “Se ha vuelto en mí casi un hábito retrotraerme a las infancias de quienes a veces me desagradan y pueden suscitarme un brote de odio o desprecio, para descubrir en ellos a esos niños inseguros, inofensivos, plenos de posibilidades, que alguna vez fueron y que, a los ojos de Dios, tal vez sigan siendo por la eternidad”.

    Creo que, de alguna manera, todos somos Joyce y Pound a la vez. Todos decimos de nuestro pasado infantil o adolescente lo que el irlandés dijo de su poemario veinteñaero “Música de cámara”: “Cuando los escribí [los poemas], yo era un muchacho solitario, caminando sobre mí de noche y pensando que algún día una chica me amaría”. Pero todos tenemos dentro nuestro una voz mucho más madura, menos… ¿resentida?, reivindicando las bondades que tanto amamos de ese pasado, ¡de nuestra HISTORIA!, como “il miglior fabbro” lo hizo en su comentario a dicha obra: “Su calidad y claridad se deben al estricto entrenamiento musical de su autor”. Poco importa si nuestra biografía comienza así: “Allá en otros tiempos, y bien buenos que eran, había una vez una vaca (¡mu!) viniendo por el camino” (Joyce, “Retrato del artista adolescente”), o comienza asá: “Por tres años, desencajado con su tiempo, / él intentó resucitar el arte muerto / de la poesía” (Pound, “Hugh Selwyn Mauberley”): porque, cada vez que el amor nos haga, en verso de Borges, “ver a los otros como los ve la divinidad” (http://www-personal.umich.edu/~jlawler/dones.html), nos veremos mutuamente como el Señor a los niños en el poema: como a niños, no como a adultos.

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